© 2015 por Consuelo Tupper.

Las pelotas y la sandalia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buscando en uno de los cajones de mi velador una carta que había escrito hacía mucho tiempo, encontré de pronto una extraña fotografía que mostraba las ramas de un árbol. En la foto estaba de noche, se alcanzaba a percibir el flash de la cámara y, entre las ramas tupidas se descubrían, no sin algo de dificultad, dos pelotas de plástico y una sandalia. Me puse a pensar. El hecho de que hoy, una fotografía a color de 10 x 15 tenga la facultad de condensar y transmitir las emociones más intrínsecas de los momentos del juego, el accidente, la risa, el intento fallido, la perseverancia, la frustración y la pérdida es algo vibrante y conmovedor. La sandalia lanzada al aire como un último intento esperanzador de recuperar eso que el árbol custodiaba con tanto fervor constituye una metáfora de tal vez la mayoría de los actos que realizamos durante la vida, sin ánimo de catastrofismo.

 

Imaginemos ahora que todos los árboles del mundo tienen atrapadas entre sus ramas dos pelotas de plástico y una sandalia. Imaginemos la magnitud del alcance simbólico que esas centenares de millones de historias condensadas ofrecerían a la persona que se decidiera en determinado momento a mirar hacia arriba. Imaginemos la cantidad de juegos alternativos que esos niños resignados tendrían que haber inventado para suplir la necesidad de aquellas obstinadas pelotas de plástico. Y de la desafortunada sandalia.

 

Decidí entonces perseguir esa misión. Ya no podía dejar la idea susurrando sola en la realidad inerte de un papel escrito. Necesitaba hacer que todos los árboles del mundo tuviesen atrapadas entre sus ramas dos pelotas de plástico y una sandalia.

 

Esta elocuente imagen final de tres objetos atrapados entre unas ramas carece, sin embargo, de vitalidad si es que no hay un verdadero juego que le precede. Debía entonces convencer a todos los niños del mundo a que jugaran con dos pelotas de plástico y vistiendo sandalias muy cerca de un árbol. De esa forma, en un determinado momento fijado con antelación, los niños realizarían la acción de lanzar una de las pelotas hacia el árbol, para luego intentar bajarla lanzando la segunda pelota y, por último, una de sus sandalias.

 

En el mejor de los casos, pensé, los niños estaría aceptando ejecutar una acción que claramente truncaba su juego, que los hacía perder las dos pelotas y una sandalia y que además parecía estar en contra de la naturaleza y del cuidado del medio ambiente.  Si bien desalentarse parecía algo muy fácil, me desafié a seguir con la idea hasta que al menos el fracaso me golpeara en la cara, no antes.

 

La prueba inicial, creí, resultaría sencilla. Fui a una tienda de juguetes y compré 20 pelotas de plástico de diversos colores. Más tarde, vi a un vendedor callejero que tenía sobre su puesto en la vereda una gran cantidad de sandalias de plástico; le compré, para su fortuna, 20 pares. Me dirigí contenta al Parque Forestal. Era sábado.

 

Luego de buscar, encontrar, explicar y rogar en muchos casos, conseguí 10 grupos de niños dispuestos a ayudarme. A cada grupo le pasé dos pelotas y un par de sandalias.

 

Mientras observaba lo que hacían con mi cámara lista colgando del cuello, fui descubriendo que la mayoría de los juegos duraban menos de un minuto: rápidamente uno de los niños lanzaba una pelota hacia las ramas del árbol más cercano; les parecía una curiosidad, sin duda resultaba para ellos la parte más divertida del juego. 

 

Sin desilusionarme, me repetí muchas veces para mis adentros que mi idea resultaría: el paso más complejo, pensé, sería el de la recuperación de la pelota. Qué importaba la duración del juego. Yo sólo quería los objetos atrapados. Había elegido los árboles más altos, los con la mayor cantidad de ramas, aquellos árboles que no se dejarían ganar tan fácilmente. Imaginé entonces jugosos intentos por bajar la primera pelota, las consiguientes frustraciones descorazonadas, los rostros enojados, me imaginé teniendo que disimular mi alegría para no herir a esos pobres niños cuyo juego agonizaba. Me preparé entonces para sacar las mejores fotografías.

 

Me cuesta trabajo ahora seguir escribiendo sin sentir que me estoy burlando de mí misma. Pienso que en lugar de estar sola en una habitación escribiendo un tonto sueño incumplido, debiese estar revolucionando en todo el mundo el significado de las sandalias desde ahora y para siempre, pero no es ni será así. Porque para mi sorpresa –y mi enorme decepción– todos los grupos lograron finalmente bajar la pelota con éxito.

 

¿El desenlace? Está claro: no hubo pérdida, no hubo imagen final, no hubo fotografías elocuentes, no hubo árboles poetas cubriendo el mundo; sólo un juego pauteado que terminó con una entretención real y conmigo regalando pelotas de plástico y sandalias en el parque.

 

Puzzle

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Todos los días paso por ese contenedor de basura.

Ese día en particular vi un objeto que parecía una nave espacial y quise llevármelo. Lo dudé más de lo necesario y terminé yéndome sin él. Durante la tarde pensé tanto en ese juguete que volví al basurero, pero ya no estaba. Todo estaba igual que antes, solo faltaba la nave espacial. Regresé decepcionada y decidí volver a la mañana siguiente, esta vez buscando algún otro objeto que llamara mi atención. Había piezas de puzzle desparramadas por el suelo. Quise recogerlas, pero luego encontré una lámpara de vidrio intacta. La tenía ya en mis manos cuando vi una vara de plástico articulada. Me costó, pero elegí la vara.

A la mañana siguiente, sin saber exactamente por qué, volví. Estaba la misma basura que el día anterior, pero ahora la lámpara de vidrio no estaba. Las piezas de puzzle seguían desparramadas por el suelo, así que las cogí todas, incluso las que estaban difíciles de alcanzar debajo del contenedor. La vara de plástico dejó de interesarme más rápido de lo esperado.

A la mañana siguiente fui otra vez al contenedor. Se veía todo casi igual que antes, pero encima de unas bolsas se destacaba una caja blanca de cartón que por detrás decía PUZZLES Y JUEGOS EDUCATIVOS. Junto a ella había cuatro piezas más que el día anterior no había visto. Asumí que era la caja correspondiente y la tomé junto con las cuatro nuevas piezas. Ya disfrutaba pensando que con la cantidad suficiente de días podría llegar a tener el puzzle completo.

A la mañana siguiente volví. Ya solo me interesaba encontrar las piezas restantes. Encontré dos más botadas en el suelo y, al darle la vuelta al contenedor, vi otras seis distribuidas uniformemente sobre el borde de metal. Pensé que era muy improbable que no las hubiese visto el día anterior. Las tomé.

A la mañana siguiente no encontré nada nuevo y empecé de golpe a asumir la verdad; estaba simplemente hurgueteando en un montón de basura. Justo antes de volver, decidí levantar un cartón que estaba tapando una de las esquinas del contenedor. Ahí encontré tres piezas nuevas. De puro entusiasmo y alegría, saqué completamente el cartón y debajo de él, encima de un segundo pedazo de cartón, había entre veinte y veinticinco piezas. 

Al día siguiente estaba nerviosa. Fui directo a la esquina del cartón y, donde el día anterior había dejado vacío, encontré dos piezas nuevas. Me di una vuelta por el contenedor y en el suelo, donde parecía imposible no haber visto nada antes, había una pieza más. Me agaché para ver debajo de la estructura metálica, como ya empezaba a ser costumbre, y esta vez descubrí tres piezas, justo en el medio y claramente visibles. 

Hoy por primera vez veo mi puzzle y creo que empieza a parecer más un juego y menos un pedazo de basura.

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