© 2015 por Consuelo Tupper.

Parámetros para un encuentro ideal

Si tuviera que llamarla de alguna forma sería ‘contraseña’, porque a ésta se le permite carecer por completo de razones y, aun así, es precisa, no admite ambigüedades y se resiste a ser olvidada. Porque una vez que ya existe, implica algo más que sí misma; porque apenas se crea se convierte en la posibilidad de entrar a alguna parte a la que antes no se podía entrar, porque ella permite pertenecer a un grupo al que antes no se pertenecía. Sin embargo, no podría ser una contraseña propiamente tal. Porque las contraseñas funcionan en la medida en que un gran conjunto de gente las desconoce. Porque con el tiempo se vuelven mecánicas y vacías. Porque segregan. Y, sobre todo, porque una buena contraseña no busca ser ‘buena’ sino práctica, o sea, relativamente corta, rápida, fácilmente recordable, de humor restringido, habitualmente limitada al alfabeto o a los números, una adormecida combinación de ocho dígitos, o un conjunto de letras simbólico-arbitrarias que se turnan incómodas, minúscula, MAYÚSCULA, minúscula, MAYÚSCULA.

Ampliando el concepto a nuestra conveniencia y dándole a la contraseña común la oportunidad de trascender la somnolencia de su funcionalidad, quizás ésta abriría entre sus límites un espacio ávido de ser surcado por una que otra línea argumentativa. Habría de contar algo, pero no sería ni una anécdota ni un cuento épico atestado de grandiosidades inverosímiles. También apostaría por mantenerse al margen de toda variedad posible de crónicas, biografías, novelas, cuentos cortos, fábulas o poemas, no porque tenga algo en contra de ellos, sino básicamente porque éstos –al ser resultado de una larga serie de decisiones tomadas por el autor– se oponen a la precisión inequívoca que buscamos. Una historia, a fin de cuentas,  es siempre perfectible.

 

Evitando ser un relato propiamente tal, estaría más cerca entonces de los espacios vacíos que aparecen espontáneamente en medio de éstos y que tienen la facultad de anunciar o prolongar episodios dramáticos, estrechar o liberar aflicciones, alargar incertidumbres o entregar respiros. Sería un intersticio, un tajo en medio del tiempo narrativo, de esos que pueden llegar a condensar sus conflictos más esenciales. Sin embargo, sabemos que aceptar esta posibilidad implica hacerle frente a un irreparable conflicto de poder, pues, quienquiera que fuese el autor de tan significativo paralenguaje, nos dejaría a nosotros –receptores– nuevamente a merced de su imaginario particular, interferido hasta el cansancio por experiencias personales que probablemente jamás llegarían a interesarnos. Nos empezaríamos a inclinar, por lo tanto, por respuestas que estuviesen del lado de la audiencia, por esos escasos segundos de honestidad que ofrece a su público una historia apenas termina: la reacción ante la muerte repentina de un personaje, el silencio amargo posterior a una tragicomedia que subestimó su parte trágica, o la incomodidad ante una historia contada en un mal momento o frente a las personas equivocadas. Un momento así fusionaría individualidades y propondría consensos, seguramente desencadenando preguntas que buscarían reflejos de sí mismas antes que respuestas. Hay veces en que una situación generosa provoca de manera natural una interrogante que diversifica conclusiones o que siembra teorías concretas donde antes había solo una intuición. Ésta pregunta sería, entonces, una que estuviese emancipada de su respuesta y al mismo tiempo libre de la soberbia que desborda a las que se hacen llamar “retóricas”. Una pregunta que no solo funcionara como portavoz de una incógnita, sino también como declaración. Su carácter de pregunta le permitiría aclarar un punto. Manifestaría sin tapujos un punto de vista (en esa seguridad radicaría su conflicto) y sin embargo excluiría todo tipo de sentencias tendenciosas, acusaciones o juicios morales, pues abogaría por la horizontalidad antes que por cualquier atisbo de jerarquización. Buscaría, antes que nada, hilar un vínculo con los presentes que le permitiese ser interpretada de manera fecunda. Todo residiría entonces en la complicidad entre emisor y receptor; y ese lenguaje particular, que sería compartido a lo ancho de todas sus capas semánticas y que por tanto permitiría decodificar libremente todo el espectro posible de mensajes urdidos entrelíneas, sería un lenguaje elástico, moldeable, con tantas reglas como arbitrariedades y cuyo elemento central sería, paradojalmente (y para evitar el poderío incómodo del autor), la versatilidad del silencio. Todos sus símbolos, sonidos y gestualidades articularían su significado de acuerdo a la relación que pudieran establecer con sus espacios de ausencia. Sería un lenguaje basado en lo subliminal, enriquecido por el malentendido, cómplice de las alusiones, amante de las pistas escurridizas, detective aficionado. Su decodificación radicaría en lo esencial; no montaría decorados innecesarios. Sería un idioma de estrategias colaborativas, de ensayo y error, de refutaciones; formador de sensibilidades, afinador de oídos, paciente amigo del tiempo.

 

Tendría, claro, un reglamento básico y, como todo reglamento, éste también dejaría espacios para la trampa. Vacíos deliberados, estratégicos, calculados minuciosamente. Por ejemplo, la comprensión cabal de los mensajes sería un requisito, pero que el significado intencionado originalmente por el emisor tuviera que mantenerse intacto después de las réplicas de los interlocutores no estaría estipulado en ninguna parte como regla obligatoria. Asimismo, y pese a lo primordial que sería su correcta diferenciación, tampoco estarían detalladas las distinciones formales entre los silencios comunicativos y las pausas comunes, y su confusión podría significar tanto un impedimento como una oportunidad. Los participantes barajarían sus opciones y decidirían su nivel de apego a las normas dependiendo de las probabilidades de éxito que observasen. A veces una farsa bienintencionada sería la única opción posible para prolongar el intercambio. Cada involucrado buscaría una táctica para comunicarse de manera eficaz sin depender de signos unívocos ni coartar la libertad interpretativa de su compañero, como si emisor y lenguaje fuesen oponentes. Desde afuera, la puesta en práctica de esta forma comunicativa no podría ser nunca interpretada como una conversación, sin embargo, internamente se comportaría como aquellas que, por placenteras, solo terminan cuando algo externo las interrumpe sin remedio.

 

Y no afectaría su calidad que fuese larga e insistente o breve o entrecortada; es suficiente el tiempo que se abre entre la persona que se te acerca perdida en la calle y la luz verde del semáforo que le permite dar las gracias y emprender el camino que le señalaste. Eso sí que, si las instrucciones dadas fueron equívocas o demasiado ambiguas y el error es advertido cuando la persona ya está lejos, ahí es diferente. Ahí el tiempo se alarga de manera insoportable. Un error así no se justifica con triquiñuelas lingüísticas, ni se diluye con el tiempo ni mucho menos corre con la suerte de ese traspié que, gracias a la familiaridad del contexto, uno comete a sabiendas de que será comprendido y perdonado. Este daño, por irreparable, oscilaría entre culpas sumisas y negaciones, tardaría en asumir que no habría nadie a quién pedirle perdón, imaginaría en demasía escenarios de desgracia injusta y se concebiría a sí mismo como el origen maldito de interminables infortunios para esta víctima jamás planificada. Con el tiempo, aceptaría como verdad irrefutable que aquel individuo jamás llegó a su destino, que deambuló hasta la fatiga y el agobio y colmó sus pasos confundidos de resentimiento. Aceptaría su condena a ser recordada, detestada y perseguida por siempre. Rendida ante la vergüenza, esta errata podrida de arrepentimiento cruzaría las calles cabizbaja, abstraída en la insoportable consciencia de sí misma, añorando su propia desaparición y rehuyendo toda posibilidad de comunicación que, malintencionada, seguro disfrutaría duplicando las razones de su agonía. Recuerdo tortuoso e incansable, utilizaría su profusa creatividad para trastocar la inventiva de la memoria de su dueño a su conveniencia, desparramando su miseria casi sin criterio. Perturbaría, así, el recuerdo de un buen libro leído hace tiempo convirtiendo la trivialidad dulce de su lectura en motivo de inquietud. Pondría en duda los episodios más disfrutados y nublaría la sensación de placer que habría desencadenado la última página. Le carcomería la envidia al compartir piso con esos recuerdos que mezclan delicadamente la añoranza de lo ausente con la satisfacción de lo amado, que se sitúan en medio del tiempo y se jactan de su naturaleza vigorosa y eterna. Tacharía de impulsivas, ambiciosas y detestables a las interrupciones que éstos suelen provocar en medio de la modestia de un día común y que son capaces de detener o desviar el curso de las arbitrariedades. Defendería la humildad. Eximiría de su hálito rencoroso solamente a los recuerdos que considerase mesurados y altruistas, a esos que no exigen más que protagonizar un instante mísero y que luego desaparecen para siempre, como los déjà vu. De hecho, trabajaría duro por robustecer la significancia de estos pensamientos de caducidad casi inmediata otorgando a su existencia perecedera la capacidad de repetición íntegra. Esta habilidad es fundamental, pues, para no limitarse a ser el mero remedo impreciso que fabrica un recuerdo, resulta imprescindible tener elementos concretos que posibiliten revivir la experiencia en cuestión a partir de la réplica minuciosa de sus condiciones; como dos piezas de un puzzle difícil que pudiesen ser encajadas una y otra vez o un acertijo que lograse ser resuelto luego de días de intriga y que, siendo olvidado casi de manera inmediata, ofreciera su incógnita, fresca y desafiante, de nuevo.

 

Que me encuentre ahora enumerando experiencias de resolución de problemas respalda el hecho de que buscamos una fuente de placer y satisfacción; y la duda (opción que se pudo haber sugerido unos párrafos atrás) no es satisfactoria. Aunque si hablamos de certezas, muchas de ellas son más agobiantes que cualquier incertidumbre. La mentira pareciera ofrecernos una salida a este conflicto, pues ocupa la forma de una certeza pero no queda limitada a su enunciado sino que se esparce hacia una premisa que le es contraria y le incomoda, invisible, recordándole que nada de lo que conocemos es unívoco ni absoluto. Sin embargo, sabemos que una mentira solo se luce cuando no es completamente verosímil, sino no es más que la imitación inocua de una verdad cualquiera. Entonces requerimos de la sospecha, de que algo en la historia no encaje, incluso aunque ésta no haya pretendido ser falsa en su origen. Constituiría entonces un fenómeno intermedio, como los remedios caseros que basculan entre la cura y el placebo, como encontrar algo que no estabas buscando y tener la falsa sensación de que lo echabas de menos o como las amistosas manipulaciones de un comerciante.  

 

Una particularidad de este último tipo de interacciones es el uso coloquial de temáticas habitualmente resbaladizas como la botánica, la simbiosis de los órganos del cuerpo humano o la composición química de los líquidos. Así, un discurso de esta naturaleza podría fácilmente hacer referencia a la densidad del aire o a las ondas electromagnéticas sin caer en especificidades confusas ni renunciar al atractivo de lo que, por desconocido, suena novedoso. Y si bien le sería común irse por las ramas, no se permitiría divagar; jamás dejaría lugar para indecisiones o arrepentimientos, ni vueltas atrás, ni autocorrecciones. Sería poderoso y convincente, al punto de poder construir la realidad alrededor suyo casi a su antojo, como un refrán que en lugar de calzar con cierto tipo de situaciones, pudiera manipular y describir hasta las circunstancias más disímiles. Se jactaría de su precisión y estaría siempre correcto, como las matemáticas, como un cálculo bien hecho, como despejar las tres incógnitas de una ecuación. Pero ya sabemos que la exactitud busca poner fin al misterio de lo irresuelto, y parecería absurdo a estas alturas renunciar al encanto de una intriga bien construida, como el silencio desconfiable de una enorme casa vacía o la escena de un crimen cuidadosamente planificado. Pero como no todos los misterios son dignos de una ficción cinematográfica, habríamos de quedarnos con aquellos que cautivan por insistencia, con la seguidilla de coincidencias que, ya pareciendo señales, nos obligasen a encontrarle explicación y sentido, o con el ruido repetitivo y desagradable que forzara a ser rastreado hasta su origen para ponerle fin, o con aquella expresión lingüística usada todo el tiempo que, habiéndola creído arbitraria e inventada, en realidad estuviese justificada por la historia.

 

Por otro lado, si ha de cautivarnos, a veces lo más efectivo es lo que menos entendemos, justamente aquello que no podemos resolver ni anticipar. Incluso algo habitual y corriente, invisible a nuestros ojos atrofiados por la costumbre, se nos puede volver escurridizo e inentendible. Pienso en las figuras que creamos con la servilleta durante una sobremesa que se ha alargado demasiado o el placer abstracto que entrega una colección a su coleccionista. Otras de estas trivialidades cuentan además con la simpatía burlona de lo inexplicable, como cuando desaparece un objeto que aseguras haber dejado en el lugar de siempre, o aparece súbitamente otro que había estado perdido durante meses. Supongo que lo bueno de encontrar algo sin haberlo buscado es que nos da un placer que no sabíamos que queríamos, casi como el producto epítome de la lógica de mercado que crea y satisface una necesidad de manera simultánea. El efecto complaciente de un encuentro de este tipo, fortuito e inesperado, suele sin embargo ser muy breve. Tan breve que es capaz de ponernos felices y nostálgicos casi al mismo tiempo, como el toparse en la calle con un buen amigo que las circunstancias habían alejado y, sin embargo, no parar a tomarse un café.

 

Claro que la belleza de lo no premeditado no debiese implicar la suspensión de nuestras expectativas. Seductoras invenciones, tantas veces estrafalarias, que ignoran por gusto la agencia de todo aquello sobre lo que no tenemos control y nos conceden el mérito absoluto de nuestra –habilidosamente maquinada– fortuna. Al respecto, dicho sea de paso que estos montajes poco le deben a sus predecesores. Efectivamente, los deseos, al no tomarse la molestia de crear nada, actúan de hecho de forma contraria a las expectativas, eximiendo de su papel al sujeto que los posee y confiando la responsabilidad al campo de los astros o los dioses o el destino o la suerte. Dado el evidente despropósito de regalar nuestras ambiciones al arbitrio del tiempo sin siquiera aventurar los pormenores de alguna de sus tantas posibilidades, nos quedaríamos entonces con la creatividad que exige la maquinación de una expectativa; aplaudiríamos el entramado ficticio de escenarios que ésta urdiera para asegurar nuestra alegría (ficticia también) y confiaríamos (por lo mismo) en que todos los actores involucrados se encargarían de revelar el artificio de la obra desde su inicio hasta su desenlace. Una presentación tal montaría una escenografía donde el tras bambalinas fuese perfectamente visible y los personajes se sucederían con trajes estrafalarios y voces exageradas. Los diálogos redundarían en palabras agradables de oír y aún más de pronunciar y los movimientos sobre el escenario recordarían esos instantes frágiles de la rutina citadina en que nuestros pasos se sincronizan con los del desconocido que camina frente a nosotros. Y al concluir la escena, incluso sabiendo que ésta no ha sido más que el engaño escrupuloso de una mente inquieta, nos invadiría una sensación de ventaja respecto a la incertidumbre del futuro, algo así como el placer humilde de cuando finalmente nos es útil un objeto que desde hace mucho tiempo reclamaba ser basura pero que intuitivamente decidimos guardar.

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